Anoche mi media naranja y yo estábamos sentados en el sofá hablando de las muchas cosas de la vida. Entre otras estábamos hablando del tema de vivir y morir.
Le dije: ‘Cariño , nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de una botella. Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos que me mantienen vivo y arroja todas las botellas por la ventana. ¡Prefiero morir!’
Entonces, ella se levantó mirándome con cara de admiración…
Y me desenchufó el portátil, el iMac, el proyector, el router inalámbrico, el iPod , el teléfono fijo, me quitó los dos móviles, la tarjeta de sonido, el teclado, la mesa de mezclas, y me tiró todas las cervezas, las botellas de orujo y las botellas de vino a tomar por saco…
En una web de recursos informáticos del Gobierno de Navarra, he encontrado un recopilatorio de las utilidades que tiene esa pequeña ruedita que hay encima de nuestro ratón y que, generalmente, solo utilizamospara hacer scroll.
Aunque algunas ya las conocía, me ha parecido interesante copypastearlas aquí. Por cierto, el autor del artículo es Mikel Irisarri, un viejo conocido mío.
Todos sabemos que hay un montón de extensiones para Firefox que hacen su uso mucho más cómodo y le añaden nuevas y mejores funcionalidades al navegador. Pero lo que quizás no sepas es que también hay muchos trucos que puedes usar sin necesidad de extensiones para hacer tu navegación web más cómoda y práctica.
Sin ir más lejos, mira la cantidad de cosas que puedes hacer en Firefox con la rueda del ratón en diferentes combinaciones con el teclado:
Primero, recordemos la función más básica de la rueda del ratón: hacer scroll, es decir, desplazar la página web arriba y abajo para poder leerla cómodamente.
Prueba a apretar la tecla Alt mientras haces scroll y verás que el movimiento es más suave: ahora vas línea por línea.
Haz clic con la rueda del ratón en cualquier punto de la web que estés visitando y aparecerá un icono en forma de flecha con el que podrás hacer scroll automáticamente y a la velocidad que quieras.
Ahora aprieta la tecla Ctrl mientras mueves la rueda del ratón y tendrás en tus manos un zoom con el que aumentar o disminuir el tamaño del texto en la web.
Con la rueda del ratón y la tecla de mayúsculas, no hará falta que vuelvas a usar los botones de “página siguiente” y “página anterior” del navegador.
Si aprietas con la rueda de ratón en el icono de página de inicio, ésta se abrirá en una nueva pestaña secundaria mientras sigues navegando en la actual.
Cuando tengas demasiadas pestañas abiertas y ya no quepan en la pantalla, coloca el cursor del ratón sobre ellas y usa la rueda para hacer scroll horizontal.
Si haces clic con la rueda del ratón encima de cualquier pestaña la cerrarás automáticamente, sin ni siquiera mostrarla. Ideal para cerrar esas webs “chungas” que visitas en el trabajo
Haciendo clic con la rueda del ratón en cualquier enlace, éste se abrirá en nueva pestaña secundaria sin interrumpir tu navegación actual. También funciona con los enlaces en la barra de Favoritos.
Por último, si haces clic con la rueda del ratón en una carpeta de enlaces dentro de esta misma barra de Favoritos, Firefox los abrirá todos a la vez.
Acabo de encontrar por la sala de profesores esta viñeta de Forges, y me he sentido identificado con esta señora. Sí, en contra de lo que algunas voces proclaman a los cuatro vientos, argullendo que los maestros nos pasamos el día tocándonos el higo y esperando a que llegue el siguiente período vacacional, resulta que si eres un maestro como es debido, a veces te sientes pluriempleado y con estrés.
Otro tema muy diferente es aquél maestro que no se gana el sueldo ni de lejos, que haberlos haylos, y a patadas. No es que haya que ser un crac en esto de la docencia, sino que hace falta cariño e interés. Pero cuando escuchas de boca de un maestro algo así como “Yo odio a los niños. Buff, no los soporto…”, es que es para partirle la cara por hijodeputa.
¿El problema? Que como en esta “empresa” no se buscan beneficios económicos, sino que todos disparamos con pólvora ajena, y la gente quiere cuantos menos problemas mejor, es preferible dejar pasar por alto este tipo de comportamientos y hacer la vista gorda, en lugar de denunciarlo y que alguien de las alturas tenga una pequeña pero clarificadora charla con el implicado.
Eso sí, al que se le ocurra organizar una excursión al campo para ver las plantas in situ, será humillado y lapidado en las cafeterías y lugares de chismorreo por poner en peligro la vida de los alumnos; el que dé un abrazo de consuelo a un crío que se ha caído y está llorando, será denunciado por agresión sexual intimidatoria; el que confisque un teléfono móvil o una navaja, recibirá una paliza de los hermanos y primos del pobre alumno; y el que se esfuerce en su trabajo y se implique un montón, encima recibirá las críticas de los demás.
Cada año por estas fechas suelo reservar un abergue junto con mi cuadrilla de amigos y nos encerramos allí a cal y canto a comer, beber, charlar, jugarnos las “perras” al copo, y también hacer una o dos escapadas al monte a pasear. Este año le tocó al albergue de Matute en La Rioja Alta donde, como siempre, Mateo satisfizo los paladares más exquisitos con su buen hacer gastronómico, al copo ganaron los de costumbre, y alguno sufrió cornadas varias, aunque todas con trayectoria limpia, por lo que a la mañana ya estaban recuperados y listos para la caminata. ¡Qué carajo, a los albergues se va a eso!
Durante algún tipo de enajenación mental (que no se yo si transitoria o no), se me ocurrió plantar la cámara de fotos sobre el trípode, y disparar con el mando a distancia 363 y 236 fotos respectivamente a dos eventos que no podían faltar aquella noche: la cena, y la partida de copo. ¿Que para qué? Pues para hacer mis dos primeras películas stop motion.
Esta mañana he arrancado por primera vez en mi vida el iMovie, y he aquí el resultado del experimento. A ver lo que os parece.
Este año, para celebrar el doblete en las oposiciones, me voy volando con la mejor de las compañías (y me refiero a mi media naranja, no a Airfrance) a pasar la Nochevieja en el quinto pino. Aunque no es lo más lejos que he viajado hasta ahora, ostentando el actual récord la argentina ciudad de El Calafate (que dista de mi pueblo la curiosa cifra de 12.345 kilómetros), tengo preparada una espátula en el bolso de mano para despegarme el culo del asiento, ya que me voy a alejar de casa la friolera de 10.033 kilómetros.
¿A dónde vamos? Al país más poblado del mundo.
¿Qué narices se nos ha perdido a nosotros allí? Pues menos mal que nada, porque a ver quién encuentra algo entre más de mil trescientos millones de habitantes, y peor aún cuando todos son igualitos. Pero durante los próximos catorce días vamos a jartarnos de ver cosas bonitas y curiosas, además de empaparnos todo lo que podamos de aquella cultura tan… ¿milenaria?
¿Vamos a traer regalitos para los amigos? No, no, y no. No aceptamos encargos de nadie. Ni siquiera un relojito de nada. Compraremos, si compramos, lo que nosotros queramos y a quien nosotros queramos.
¿Alli es invierno o verano? Invierno. Aunque el término invierno, tal como nosotros lo conocemos, se queda más que corto. Mirando las predicciones del tiempo para la capital del país, hay días de esta semana en los que la máxima está en -16ºC y la mínima en -21ºC. Sí, has leído bien… Menos mal que para entonces ya estaremos en otra ciudad con una temperatura mucho más suave. Pero me parece que aún así vamos a pasar frío de lo lindo.
¿Comeremos este año las uvas? En principio allí no celebran el Año Nuevo el mismo día que nosotros, ya que se basan en el calendario lunisolar. Pero seguramente en el hotel nos sorprenden con una cena especial. Lo que sí que me apetece es probar el perro, y los saltamontes fritos, y todos los “manjares” que mi estómago y mis escrúpulos puedan soportar. Donde fueres, haz lo que vieres, ¿no?
¿Dejo mi castillo abandonado durante los próximos quince días? No, mi cuñado favorito (más que nada porque no tengo otro todavía) va a disfrutar durante esta ausencia de la hospitalidad de mi hogar. Y también de mi frigorífico, y de mi bodega, y de mi proyector de cine, y… Bueno, que si estabas pensando en pasarte por aquí sin pedirme permiso, te vas a encontrar con un guardián de lo más fiero. Yo de ti no lo haría…
Mientras visitaba Prohibido fijar carteles, me ha llamado la atención esta pintada callejera, y no he dudado ni un instante en que iba a ir a parar a mi blog. Tampoco he dudado ni un segundo en qué categoría la iba a incluír.
El pasado martes se celebró en el colegio donde trabajo el tradicional Festival de Navidad, como en casi toda tierra de pepinos. El evento comenzaba a las 11:00, y hasta veinte minutos antes nunca se abre la puerta al público, porque solamente disponemos de dos horas para montar todo el tinglado, y siempre hay mucho que hacer.
El evento se celebra en el polideportivo municipal y, ni qué decir tiene, uno de los aspectos que más mimamos es la organización, cuidado y comportamiento de los casi seiscientos alumnos que tenemos. Para evitar problemas, porque esos casi siempre dan problemas, tenemos prohibido el acceso a la pista de cualquier miembro ajeno a la comunidad escolar, especialmente los padres (de ambos géneros). Algunos años atrás, ante la penosa situación de tener que discutir cada año con unos cuantos desvergonzados que, haciendo alarde de una inteligencia más bien escasa, se colaban en la pista y no hacían más que estorbar, decidimos pedir la colaboración de la policía municipal para que impidiera el acceso a estos individuos, lo que resultó ser tremendamente eficaz.
Este año, de todos los que he participado en dicho festival, ha sido el más vergonzoso. No había policía municipal, ni creo que hubiera sido necesaria nunca si hubiese un mínimo de sentido común entre los progenitores de mis pupilos. Resulta que, aprovechando la ausencia de agentes del orden, una hora antes de comenar el acto había padres que se habían colado a escondidas por las puertas de servicio, y volvimos a la desagradable situación de tener que despacharlos. Lo que ya me superó fue encontrarme a un tipejo escondido dentro de un baño y a oscuras. Cuando intenté entrar en dicho baño, empujó la puerta diciendo que estaba ocupado. Cuando un par de minutos después le dije que estaba esperando para entrar, hizo como que se abrochaba la bragueta y salió con el rabo entre las piernas ante mi inquisidora mirada y la del director del colegio. Patético.
El toque final lo dieron los padres que, adelantándose al calendario, simularon ir a las rebajas de El Corte Inglés. Fue abrir las puertas del recinto, y aparecer allí una avalancha de personas (prefiero, por motivos evidentes, evitar otro calificativo más acertado) corriendo y empujándose para sentarse en la primera fila y poder grabar a su querubín desde más cerca, o poder gritarle lo guapo que estaba, o poder estorbar con más ganas, que algunos parece que solo vienen a eso. Aquello sí que fue bochornoso.
Estuve a punto, y me arrepentiré mientras viva de no haberlo hecho, de coger el micrófono y decirles que salieran todos y volvieran a entrar despacio y en orden. ¿Pero cómo cohones quieren que eduquemos a sus hijos, cuando ellos dan tan triste ejemplo de comportamiento? ¿Con qué argumentos les voy a exigir yo a mis alumnos que suban correctamente por las escaleras o que vayan en silencio por los pasillos, cuando en casa ven justamente lo contrario?
No digo que todos los padres sean así, que los hay muy educados y correctos, además de colaboradores. Hay algunos padres que se preocupan por a evolución de sus hijos en el colegio, y procuran mantener una conversación con sus profesores de vez en cuando, para ver cómo entre todos nos podemos ayudar para mejorar su educación, que en el fondo es de lo que se trata: colaboracion. Pero resulta que, encima, los que generalmente te vienen a tocar las narices para quejarse de que su criatura no evoluciona tan favorablemente como los demás, y que le tiene manía el profesor de turno, y que hay que subirle la nota como sea, son precisamente los que dan este tipo de ejemplos a diario.